Juan Milián Querol

La gran Generalitat y la Cataluña pequeña

La decadencia de Cataluña es una decisión consciente de la elite nacionalista. Si el dinero y el talento huyen, no se articulará ningún contrapoder. El político independentista busca, así, una sociedad dependiente.

El procés situó a buena parte de Cataluña en un plano paranormal. Gente mayor abandona el pragmatismo y se abraza al más anacrónico discurso revolucionario. Los jóvenes, sin embargo y simplificando, muestran mayor sensatez y preocupación por las cosas del comer. Bien lo explica el periodista Cristian Segura en su reciente libro Gent d’ordre: Cataluña contraviene la lógica natural por la cual el izquierdismo se abandona con la edad. Aquí las veleidades utópicas surgen con la jubilación; lo que demuestra que TV3 es un arma de sectarización masiva más eficaz que las madrasas de Esquerra Republicana. Las paradojas no acaban aquí. Quienes más se emocionan al entonar el “que tremoli l’enemic” -que tiemble el enemigo- del himno oficial catalán, son aquellos que más aportan para que las empresas y el talento se vayan a Madrid o Andalucía. Cataluña volverá a ser rica y plena, cantamos con Els segadors, pero el nacionalismo boicotea esta precursora y autóctona versión del trumpista Make America Great Again con su estajanovista labor a favor de la minimización de la sociedad catalana.

"Con el beneplácito del actual gobierno de España, más de la mitad de los catalanes hemos dejado de existir. La catalanidad queda oficialmente circunscrita a algo menos de dos millones de catalanes"

El nacionalismo empequeñece todo lo que toca. Es decadencia económica. Cierra la cultura y, al cerrarla y petrificarla, poco a poco la mata. Elimina el pluralismo, al que ve con un obstáculo en su camino hacia el control total. Usando la moderna terminología anglosajona, podemos decir que el nacionalismo cancela a la mitad de los catalanes. El mismo criterio que adoptó la Generalitat para excluir a Eduardo Mendoza o Juan Marsé de la cultura catalana en la Feria del Libro de Frankfort de 2007, se lo aplica actualmente a la sociedad catalana: solo el nacionalista es catalán. Con el beneplácito del actual gobierno de España, más de la mitad de los catalanes hemos dejado de existir. La catalanidad queda oficialmente circunscrita a algo menos de dos millones de catalanes. Y esta no es una cuestión meramente retórica. Tiene terribles efectos prácticos. Pedro Sánchez, el magnánimo, presumió de haber vacunado a todo el mundo sin haber preguntado a quién vota. Sin embargo, la Generalitat sí aplicó una aberrante discriminación identitaria, y tuvo que ser el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña quien la obligara a vacunar a guardia civiles y policías nacionales.

La Generalitat nacionalista es grande, pero quiere ser aún más grande. Este monstruo poco filantrópico es insaciable. Exige más recursos y competencias, pero no para generar más empleo, sino para crear más cargos. El suma y sigue fiscal no parece tener límites. Los tramos autonómicos más elevados acompañan al mayor número de impuestos propios. A empresarios e inversores se les disuade con un dantesco “abandonad toda esperanza”. Ni estabilidad política, ni seguridad jurídica. La gran Generalitat se ha convertido en un ente hostil a la mayoría de los catalanes. Sus medios de comunicación nos son tan ajenos como ofensivos. Si los nacionalistas han desconectado mentalmente de España, no son pocos los catalanes que desconectan a su vez de las instituciones autonómicas. La Generalitat es grande, pero una administración elefantiásica también es débil. Está perdiendo autoridad a marchas forzadas. El procés no solo ha generado una crisis económica y social, sino también un colapso de la autoridad. La cultura del botellón violento es una externalidad más de esa política irresponsable que, en democracia, diferencia legalidad y legitimidad. Así, la Generalitat es golpeada por el bumerán que en su día lanzó contra el Estado de derecho. Cada vez le resultará más difícil imponer sus normas.

Cuanto peor, mejor, razonan los clérigos de la religión amarilla. La decadencia de Cataluña es una decisión consciente de la elite nacionalista. Mientras el entramado de organismos públicos de la Generalitat no deja de crecer, se paraliza la ampliación del aeropuerto de El Prat-Barcelona. Si el dinero y el talento huyen, no se articulará ningún contrapoder. El político independentista busca, así, una sociedad dependiente. Para tener su gran Generalitat necesitan una Cataluña pequeña… y un Estado ausente. Buscan el aislamiento para no competir. Y es que el nacionalismo es la ideología de la mediocridad. Es el Barça de Braithwaite. La losa es enorme y el PSC forma parte de ella. El gobierno alternativo de Salvador Illa es, simplemente, un hecho alternativo, de mentira descarada. Ni son gobierno, ni son alternativa. Son el colaborador necesario de los delitos nacionalistas contra la prosperidad catalana.


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